Empate con sabor a derrota: “Los Zorros” se quedan otro año en la “B”

Fueron noventa minutos para pasar de la ilusión al llanto, de la fiesta al “funeral”, del sueño a la pesadilla. Noventa minutos de intenso partido, con poco fútbol, con torbellino de emociones y una igualdad que puso justicia en la final de la liguilla por el segundo ascenso a primera división. Porque si alguien debía celebrar al final de la llave, ese era Cobresal.

Planteamiento cuestionable, miedo escénico, mala suerte… Se dice mucho después de la batalla. Pero lo real es que cualquiera sea el argumento atribuible a lo que pasó en el primer tiempo -marcado por el infortunio de Miguel Sanhueza que cabeceó un balón instrascendente contra su arco y encontró mal ubicado a Raúl Olivares para abrir la cuenta-, Cobreloa no tuvo ni supo generar un juego que lo hiciera protagonista dentro de la cancha.

Y esa falta de consistencia fue la que aprovechó el equipo de Gustavo Huerta para poner el partido en el “refrigerador” cuando debía, acelerando en los contragolpes justo cuando su rival se iba en demanda del arco y, ciertamente, sacar la ventaja del primer tanto que descolocó al conjunto minero. Porque ese “golpe bajo” azotó tan fuerte a los pupilos de Rodrigo Meléndez que demoraron casi media hora en volver al partido.

Reacción
Si bien el primer tiempo marcó un dominio naranja, las jugadas de gol pasaban más por la insistencia de un solitario Lucas Simón o los destellos de Pablo Parra que por un planteamiento asociado y claro.

La defensa era sobrepasada cada vez que Juan Gaete, Francisco Castro o Ever Cantero se acercaban al pórtico de “La Araña” Olivares. Y al otro lado, Jorge Luna no acertaba con los pelotazos, Ignacio Jara chocaba constantemente con una defensa poblada y los laterales no sumaban superioridad en campo contrario.

Algo que cambió en parte en la segunda etapa, cuando “Kalule” sacó a Jorge Luna y a Axl Ríos -que jugó un partido ingrato y sucumbió ante los nervios y la imprecisión de todo el mediocampo- y mandó a la cancha a Cristián Ivanobski y Felipe Fritz, uno que sería fundamental.

Porque una jugada del coronelino -la primera vez que alguien del local encaró con balón dominado- terminó en el primer tanto de Pablo Parra, uno que sacudió a un estadio lleno y silente. Y encendió la ilusión de “darlo vuelta”.

Lamentablemente, hubo errores tácticos imperdonables. Como el que Matías Álvarez siguiera por todo el campo a Gaete, que promediando el segundo tiempo encabezó una contra letal junto a Marcelo Jorquera por su perfil cambiado. El defensor loíno quedó a medio camino y el 2 a 1 parecía sepultar la brega.

Pablo Parra nuevamente puso equidad en las cifras tras una “patriada” de Guillermo Firpo, el que mostró más actitud junto a Simón pero también tendría una tarde ingrata al fallar dos tantos en los descuentos.

El resto de la historia corrió por cuenta del visitante. Apegado a su libreto, se tiró al piso cuando debió, mandó el balón a la gradería cuando se podía y generó contragolpes que pudieron desequilibrar las cifras a no ser por dos tapadas portentosas de Olivares.

Nadie podrá objetar que el cuadro de Atacama mereció subir al fútbol de honor. Fue más paciente, aplicado y certero en los dos duelos que se jugaron en esta final.

La tristeza queda marcada a fuego en la fanaticada local porque la fiesta preparada en Calama fue mayor desde primera horas de la mañana. Y se fue apagando a medida que pasaban los minutos, cuando el equipo loíno tropezó, como en grandes pasajes del año, con sus propias limitaciones.

Más allá de lo externo, el fútbol aún se sigue jugando dentro de la cancha, se define por detalles, por estrategias, por aplicación. Y allí, no hay duda ganó el que hizo más méritos para ganar. A veces, la actitud y el sacrificio no bastan. Y esta vez, a Cobreloa no le alcanzó…

Mercurio Calama

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